Víctimas de la guerra

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Víctimas de la guerra

Mensaje por Threnn el Dom Oct 04, 2015 9:33 pm

Sexta Luna del Año 261
Villa Topo




En esta ratonera, el calor resulta espantoso. Una débil calima se ha apoderado del aire, pegándose a la ropa y rozándose contra la piel. Las tapias de los túneles parecen destilar sudor propio; el olor de la carne, aún sanguinolenta, se mezcla con las notas amaderadas propias de los licores ponientís. Un conducto conduce a otro, ese, a su vez, a uno mayor, hasta desembocar finalmente en una nueva encrucijada o en un subterráneo; siendo éste último más amplio y, proporcionalmente, más cálido y caliginoso. El gentío fluye por las entrañas de la Villa, de la misma forma que lo haría el agua por una acequia; no detienen su paso ante conversación alguna, rehúyen miradas directas, parecen inmersos en sus hábitos y costumbres, ausentes, tal vez conformes. Barro y agua se diluyen bajo tal estampa. Fanales y candelas lamen los perlados rostros de los transeúntes. Pronto, un farol rojo, vistoso como una estrella de sangre, se dibuja en la lejanía, suspendido sobre una arcada de piedra.

“Buscan tesoros enterrados.”

Jactancia norteña. Sonrío con la mirada. Algo comienza a arañar mi garganta, algo que parece provenir de mi estómago; el cuál ruge al olisquear la estela humeante de un sabroso estofado de ciervo. Mis pasos se apresuran. La música de cuerda golpea mis oídos y sé que no es buena idea. No es buena idea, pero ya me encuentro bañado por la luz escarlata, por el perfume del burdel. Un hombre menudo abre el portón, y una ráfaga de aire tibio sale a mi encuentro. Un escalón. La madera cruje. Villa Topo parece ya un eco distante. Debo acostumbrar mis ojos a la penumbra.
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Re: Víctimas de la guerra

Mensaje por Penique el Mar Oct 06, 2015 8:50 pm

Aquel pequeño mundo interior albergaba el suficiente calor como para hacerle sentir como en casa. Aquellas tierras eran frías, tanto como para dejar nieves veraniegas... algo que él jamás habría imaginado. El fuego de las antorchas y las lámparas de aceite danzaban en la penumbra, que sólo dejaba adivinar los límites de las estancias. Siempre podría haber alguien agazapado, espiando, escuchando, oculto en las sombras. Pero ¿quien iba a hacer tal cosa? Allí, en Villa Topo, poco había que descubrir: todo el mundo sabía lo que allí ocurría y porque. No era algo que nadie hubiera deseado evitar antes.

La chica le había llamado Penique, como todos. Ya era conocido allí, claro. Era fácil en un lugar como aquel que se difundiera su historia y que se ganara esa reputación. La respuesta no se hizo esperar, pues como a otras le puso el mismo mote: estrella cobriza. Solía pagar ocho monedas por el servicio, lo cual cobraba bastante sentido aunque hacía que las chicas se sintieran de más valor que él. No sabía si era una ilusión a la que se aferraban para alimentar el ego o una verdad incómoda para sí mismo.

De todas maneras, el que pagaba las ocho monedas era él y, por lo tanto, el que disponía de la mujer a prácticamente su antojo. Era algo que no se debería de olvidar, aún ahora que regresaban a la sala común tras haber estado en la habitación. Algunos de sus Hermanos entraban por la puerta entonces, algo que observó con cierto interés aunque perezoso se dejó caer sobre un cómodo asiento con cojín.

Estrella aprovechó para esbullirse y guardar en quien sabe donde las monedas guardadas. Penique sonrió al ver a sus compañeros cuervos. Los hombres honrados, los caballeros ungidos y los norteños más severos encontraban aquello una vergüenza. Él no tenía mucha vergüenza.

-Hermano -saluda a Threnn, que justo llegaba- dime, ¿pagarías más por una chica más bonita teniendo en cuenta esta penumbra? -pregunta juntado las cejas y frunciendo después los labios- dicen que los topos son ciegos, supongo que a los habitantes de aquí, por lo tanto, les da igual -se atreve a aventurar.

Ahora caía en que teniendo en cuenta la extensión de la oscuridad el mote de Estrella tenía su gracia. Además, la famosa lámpara roja también podría ser otro astro.
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Re: Víctimas de la guerra

Mensaje por Clifton Stark el Mar Oct 20, 2015 9:50 pm




Noche oscura y fría, una ciudad abandonada a su suerte y un montón de hermanos juramentados escondidos, evitando ser vistos por ojos ajenos a la ciudad. Ese era el panorama que dislumbraba a lomos de mi caballo, ahora con la simple compañía de mi alma y mi sombra, pues no quería que unos guardias delataran mi presencia, o peor aún, mi verdadera identidad. Llevaba mucho tiempo haciendo estas excursiones al norte, siempre queriendo descubrir más sobre lo que rodeaba a Invernalia, y solo conseguía descubrir los secretos que nadie podría desvelar.

Bajando del corcel, con una tranquilidad algo rara, me di cuenta de aquella posada que estaba delante de mi, y no iba a esperar mucho más en entrar, con la capucha puesta aún, cubriendo mi ser y mis formas, no estaba para muchas preguntas. Delante de mi, vi como entraba un cuervo del muro, supe esperar el tiempo justo para que volviera a cerrar la puerta y evitar algún comentario que diera a pie a alguna conversación. Abrí la puerta, miré a todas partes, sombría mi cara, y clara mis intenciones al girarme de cara a la barra. Susurré al tabernero cuando pasaba por ahí que me sirviera una copa de vino, y dejara la botella, y clavé mi mirada donde interesaba: alguna que otra doncella, pueblerinos y demás ingentes, pero mi interés se centraba en aquellos cuervos. ¿qué estarían diciendo? ¿habría alguna nueva más allá?

Bebía de poco en poco, miraba de mucho en mucho y mis pensamientos imaginaban conversaciones que no se establecían, pero que a buen seguro en algún momento tendrían que ocurrir.
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Re: Víctimas de la guerra

Mensaje por Threnn el Mar Oct 27, 2015 5:46 am

Siento el peso de mi espada en el cinto. La vaina, de madera y piel, golpea mi muslo derecho a cada paso; recta y larga, comienza a verse teñida por una luz cálida y amarillenta. Un viejo cuervo, sepultado por su opulenta capa de pieles, yace en una mesa próxima a mí, roncando a placer sobre una ración de carne seca y un charco de vino. Las palmas de las manos me arden; sería tan fácil, tan fácil si así lo deseara. Clavo las uñas en el cuero blando de la empuñadura.

No, aún no.

Otro paso más. Sacudo la nieve de mis hombros. Una joven pasa rozando mi brazo; puedo sentir sus dedos buscar los míos, su aliento escalar hasta mi pómulo. Parece esconderse. Huele a tierra y a sudor. Casi puedo adivinar la forma en la que está lamiendo sus labios. Casi puedo presagiar el modo en el que los suspiros saldrían de ella, trémulos y arrebatados, por los espacios que dejan sus dientes de niña. Sus brazos, finos y frágiles, rodean mi cintura desde atrás para juntarse sobre mi vientre. Su tacto lacera.

- Por ser vos, solo tres peniques.

La idea me repugna. Nunca he comprado nada con monedas, mucho menos una compañera. Mis ojos buscan los suyos. El abrazo que nos unía se deshace. Quedamos al descubierto. Se muestra avergonzada, ruborizada. Ahora, bajo las teas, ni siquiera se descubre como una mujer; apenas una sombra, de boca triste y voz rota, que en nada puede compararse con las hembras del acero.

- No pagaría más de mediopenique.

Ofendida, vuelve su larga cabellera ceniza y desaparece en el juego de la media luz.

Ocupo un banco y aflojo las correas de la pechera. Pronto, un timbre de voz desagradablemente familiar interfiere en mis pesquisas. De todos ellos, tenía que ser ese crío.

- Hermano. – sobre el tablero de abeto, mis puños se cierran hasta blanquearme los nudillos. No los oculto. Busco que los vea. – Dime, ¿pagarías más por una chica más bonita teniendo en cuenta esta penumbra? Dicen que los topos son ciegos, supongo que a los habitantes de aquí, por lo tanto, les da igual.

Tomo entre mis manos una jarra. Examino su contenido. Un fuerte olor a orín me hace arrugar la frente.

- ¿Sabías que también gustan de comer vivas a sus presas? Los topos. Las prensan entre sus patas hasta obtener de ellas algo con lo que tapizar sus madrigueras. – comento sin dirigirle la mirada. – Ante hechos tan desagradables, no deberíamos bajar la guardia, ¿no crees?
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